Del tribunal a tu mesa

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Como politólogo, viendo el ajetreo político de los últimos años, se suceden dentro de uno una extraña amalgama de sensaciones. Por un lado, el rigor académico exige analizar la realidad de una manera objetiva y a través de unos postulados teóricos establecidos. Por otro, la simpatía ideológica me empuja a obedecer a mi ideario emocional, y a juzgar la actual realidad política española en base a lo que mandan mis santos cojones morales.

Debido a que lo primero tiende a aplazar las emociones por priorizar lo racional, y lo segundo empuja la acción para postergar a una racionalidad adormecedora de la reacción contestataria, voy priorizar lo segundo a la hora de desgranar la estrategia demente que ha seguido la política española los últimos tiempos. En algún momento, el fuego y la ira se deberá volver a apoderar de las calles. Sírvase lo siguiente como esquema general de lo que en próximas entregas se analizará en particular:

En primer lugar, se sabe que la opinión pública legitima la acción política, y que esa opinión, puede ser a su vez condicionada o condicionante de las decisiones políticas. Es decir,  en ocasiones las élites políticas van a remolque, o en ocasiones, son estas las que dirigen el sentir ciudadano para legitimar sus futuras decisiones políticas. Las que a la fin, les acabe beneficiando como buena élite que son.

Dicho esto, los medios de comunicación, en complicidad con las élites, sondean y establecen la dirección que deben seguir los gestos políticos. Hablo de gestos, no de acciones concretadas.

Por otro lado, los medios de masas, en su mayoría supeditados a la propiedad de sus acciones (Banco Santander, La Caixa, Grupo Z, petróleo saudí), ven condicionada su línea editorial a los intereses de esa élite, representada políticamente por los partidos tradicionales (PP, PSOE), y por Ciudadanos, esos lobos vestidos de cordero que se esconden un programa electoral que pocos van a atreverse a leer o entender.

Estos medios, aprovechan el nuevo panorama audiovisual y comunicativo para reducir la realidad a unos titulares o artículos de opinión que permitan manipular la realidad a unos escenarios favorables a los partidos que representan a la élite.

Paralelamente, un poder judicial que también sirve de fuerza legitimadora del discurso político. Este poder judicial, formado en parte según las mayorías legislativas, y por otra parte de herencia burocrática próxima a la élite descendiente de la transición, perfila y promueve a través de sus interpretaciones legales, lo que está bien o lo que está mal. Dando recursos a la clase política para enhebrar su discurso en base a resoluciones judiciales, lo que a ojos de la opinión pública, dará respaldo institucional a las opiniones vertidas en los medios. Cimentando así, bases mas o menos sólidas de soporte a los partidos políticos.

Reinterpretar el delito de odio o el de enaltecimiento del terrorismo para darle cabida a una canción de rap, a mensajes en redes, a una nariz de payaso o a la actuación de unos titiriteros es, sencillamente, testear el nivel de protesta social para permitirle a la élite implementar sus políticas reaccionarias, sus leyes mordaza y sus malditas reformas laborales.

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